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La crisis: un cambio de época (I)

Si bien en los medios de comunicación se ha hecho mucho énfasis en la crisis que se vive en Grecia o en Italia, en Irlanda o en el Estado Español, no se habla de la crisis que se vive en México y que golpea de manera fundamental a los pobres del país.

Una buena parte de los que analizan la situación económica en México hablan de la crisis como una posibilidad a estallar dentro de un cierto tiempo. Parece que no se dan cuenta de que ésta ya estalló y que vivimos en medio de ella.

Podríamos hablar de dos aspectos de la crisis: uno más permanente, que tiene que ver con el evidente fracaso de un modelo de sociedad y de economía: el neoliberalismo. El cual, ya pasado los efectos de la euforia que se desató después de la caída del muro de Berlín, ha evidenciado lo que algunos ya habíamos anunciado. Se trata de un sistema de destrucción y muerte que busca desorganizar a la sociedad para reorganizar un proceso de sobre explotación del trabajo, de despojo planetario, de desprecio contra todo lo que es diferente y de represión contra lo que se organiza y se mueve.

Pero esta crisis no tiene únicamente que ver con esto. Lo verdaderamente fundamental es que no hay nadie en el escenario mundial, al interior de la sociedad del Poder, que, de una manera creíble, esté planteando una forma diferente de organizar las relaciones sociales, dentro de los límites del capitalismo, cuando alguien lo intenta como lo que pasó en Grecia recientemente resulta un soberano fracaso. El triunfo del pensamiento único se ubica precisamente entre los que lo promovieron, porque se creyeron esa patraña. Algunos de ellos pueden hacer pequeñas críticas, otros fustigan las políticas económicas de tal o cual gobierno, pero nadie pone en duda el corazón de la propuesta neoliberal.

Lo que hoy sucede en Grecia sirve como revelador para los Estados nacionales, en especial los más débiles (y no hay que olvidar que México es uno de ellos), sobre el futuro que les espera. Anulación casi total de cualquier soberanía estatal en la toma de decisiones trascendentales que tengan que ver con la economía o el desarrollo social. El gobierno de ese país se trasladó de Atenas a las oficinas del Banco Europeo, del Fondo Monetario Internacional, de los bancos alemanes y franceses. Ahí, un puñado de ignorantes decide todo sobre los sufrimientos de la sociedad griega. En la cuna de la teoría de la democracia, en Grecia, se vive un proceso de oligarquización financiera europea como forma de gobierno. Y esto no es sino el anuncio de lo que seguirá en Italia, España, Irlanda, Portugal, etcétera.

En México, ese proceso lleva ya varios años. Por lo menos, desde después de la crisis de la deuda, a partir de 1980. La subordinación de cualquier proyecto de desarrollo social a un patrón de acumulación, y a un papel designado con anticipación por los centros de poder financiero sobre cómo ubicar a México en la nueva división del trabajo.

Esto permitió que el Estado nacional mexicano comenzara a languidecer y que el conjunto de sus mediaciones entraran en crisis. El viejo Estado posrevolucionario que se fue formando bajo la dominación priísta fue desmontado, para dar paso a uno nuevo (que, desde luego, mantiene rasgos de continuidad evidente, los más mórbidos: la corrupción, el clientelismo, la violación permanente de su propio marco jurídico, etcétera), más maniatado, más entregado al imperio del norte, carente de sus viejas raíces sociales y, hoy, claramente postrado frente a la sociedad del Poder, y que vive y sobrevive a la sombra de la fuerza militar. Utilizando a ésta como mecanismo para aterrorizar a la sociedad mexicana, buscando que el miedo paralice.

Y existe la otra cara de la crisis, más coyuntural, la que, siendo consecuencia de la primera, tiene también su lógica destructiva y arrasadora.

La crisis se puede y se debe analizar desde muchos ángulos y, en primer lugar, es necesario entender que NO es verdad que la crisis fue provocada por los pobres o por los que luchan. Atrás de la crisis, lo que existe es la insaciable sed de ganancias del gran capital. Esa sed de ganancias busca destruir todo lo que representa un obstáculo para obtenerlas, en especial, el tejido social que se ha creado a partir de una serie de luchas y organización de los trabajadores del campo y la ciudad.

Pero se trata de una política plurifuncional. La crisis estalló por la irresponsabilidad de los señores del dinero —la sociedad del Poder—, pero es en la crisis donde buscan obtener los más altos niveles de ganancias, por medio de la sobreexplotación. En la práctica, los grandes capitales nadan en la crisis como peces en el agua, ése es su mejor hábitat. No tan sólo porque aumentan los niveles de explotación, sino porque igualmente llevan a cabo un proceso de “purificación” o “limpieza” interna, del que sólo los más fuertes y más poderosos sobrevivirán.

Eso permite que no exista una reproducción ampliada de los capitales, sino un proceso de concentración de la riqueza social como nunca antes en la historia.

Simplemente para poner el ejemplo de México. Ese proceso de concentración ha permitido que, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo (Coneval), el 10 por ciento de la población, los más ricos, consuman el 57 por ciento de los bienes disponibles, mientras que 22.6 millones de mexicanos únicamente consumen el 3.8 por ciento de dichos bienes.

Esto ha ubicado a México como uno de los países con mayor nivel de desigualdad social del mundo, en el mismo nivel que Guatemala o Nicaragua.

Esto tiene que ver con los ingresos extremadamente bajos de la mayoría de la población que existen en nuestro país, y con el encarecimiento de los bienes que conforman la canasta básica de alimentos (una serie de productos que son considerados como la base de la alimentación, lo mínimo para reproducirse como seres humanos). El pasado 15 de abril, según los compañeros del CAM, para obtener la canasta básica de alimentos, con los salarios actuales, un trabador debería laborar 22 horas, y 53 minutos.

El “gran logro” de la clase política y los hombres del dinero es que han homogenizado a México. La situación de miseria que hace unos años se ubicaba fundamentalmente en las zonas del sur del país, hoy se enseñorea por toda la República.

Así, en Nuevo León, cuna de la industrialización de México y supuesta zona de ricos, hoy es la región que arrojó el mayor número de personas a la llamada tendencia laboral de pobreza.

Y es que en los últimos seis años, según el Banco de México, esa entidad del norte del país registró un incremento de 82 por ciento de trabajadores que no tuvieron recursos suficientes para comprar con su salario una canasta alimentaria básica.

Pero igual ha sucedido con Baja California (aumentó en 76.4 por ciento), Baja California Sur (66.9), Chihuahua (60.9), Sonora (60), Tamaulipas (56.8), Distrito Federal (46.8), Quintana Roo (42.6), Aguascalientes (37.2), Sinaloa (35.2), Guanajuato (32.8), Tabasco (30.7), Coahuila (28.1), Colima (26.1), Estado de México (25.9) y San Luis Potosí (23.5 por ciento). Todos estos estados están por arriba de la media nacional.

A esto hay que agregarle que existen, mejor dicho, sobreviven, 23 millones de campesinos sin tierra y casi sin ningún ingreso.

(Continuará)

 

*Ponencia en la presentación del libro: El pensamiento Crítico Frente a la Hidra Capitalista, en Chapingo, Edo. de México el pasado 21 de septiembre.