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Tres textos para Repensar el 68.

No hemos sido derrotados...
José Revueltas

 

Carta a Martín Dozal y compañeros de la M
(29 de noviembre de 1968, ya desde la cárcel)
Me preocupa que no hayas recibido mi nota pasada. Ya les dije a los compañeros de la H, por cuyo conducto pasé, que hagan una investigación seria, pues eso no debe ocurrir. Veré la forma de hacerte llegar ésta, bien sea por el mandadero u otro conducto.
Acerca del Movimiento hay que comprenderlo tomando el conjunto del proceso y no sus parcialidades. 
La huelga no ha sido el Movimiento, sino una expresión del Movimiento, que no puede ser interrumpido por nadie pues se trata de un proceso histórico inserto en la raíz misma de la situación política y social en que se encuentra el país después de 30 años de desarrollo y dominio de una burguesía nacional que no ha tenido concurrentes históricos, que no ha encontrado competidores históricos, pues la clase obrera, a la que correspondía este papel, se dejó mediatizar por la democracia burguesa y su órgano “proletario”, el partido comunista, enemigo principal, dentro del proceso ideológico, de la independencia de clase del proletariado. 
Ahora, en 1968, ha correspondido a la pequeña burguesía intelectual revolucionaria (los estudiantes) ser el núcleo social al que le tocó proseguir el curso de este movimiento de independencia política al que aspiran todos los sectores sociales que son los aliados de la clase obrera y que, en caso de ser ella la que se pusiera al frente del proceso, la seguirían sin vacilar y hasta las consecuencias históricas más elevadas del proceso. Por esto debemos comprender que el Movimiento Estudiantil de 1968 -nuestro Movimiento del 26 de julio- es un movimiento que se ha venido desarrollando dentro de un curso proletario, a pesar de su composición social pequeñoburguesa (esto último no tiene mayor significación que la del afluente que busca incorporarse al río-madre al que pertenece y no hay que hacer caso a esos ideólogos campanudos y engolados que pretenden explicar todo por el carácter “pequeñoburgués” del Movimiento con la idea de crear una “conciencia culpable” en las masas de la juventud que tan maravillosamente ha sabido pelear).  
El curso proletario de nuestro Movimiento tiene su razón de ser y se explica (no sólo a escala nacional, sino internacional) en la quiebra ideológica de ese marxismo falsamente ortodoxo que han venido encarnando los tribunos reconocidos como marxistas como Lombardo y lo enanos del tapanco del PC en México, y los Waldert-Rochet y los Ulbricht en Europa. El movimiento radical y revolucionario de la pequeña burguesía ya no tiene ninguna otra salida que la del camino del proletariado. Por eso nuestro Movimiento cuestiona y ha venido cuestionando todas las estructuras sociales y económicas de México, a partir de posiciones socialistas. En esto reside nuestra fuerza y nuestro desarrollo en el porvenir más inmediato.
No hemos sido derrotados y verlo así no tiene el menor sentido. Estamos y seguimos en lucha, dentro de una nueva fase del Movimiento que consiste en la reagrupación de fuerzas para hacer de la UNAM, el Poli y las Normales, un ariete, una conciencia colectiva, militante, infatigable, que siga cuestionando al régimen y contribuya al despertar de la clase obrera cada día y a cada minuto de cada día para que las condiciones de la revolución socialista maduren con la mayor rapidez dentro de las circunstancias históricas que vivimos y viviremos en el futuro más próximo.
¿Qué pasará con el Movimiento?, te preguntas y me preguntas. Pasará y debe pasar que el regreso a los centros educativos no debe tomarse como una pausa en la lucha, durante la cual se examine el camino recorrido y se adopten las medidas para proseguir adelante. El regreso a clases deberá ser para reformar las clases, los métodos, los sistemas y todo el status educativo y revertir la educación superior, de una manera más sistemática, racional y organizada, fuera de las aulas para cuestionar las instituciones aberrantes de la burguesía (legislación del trabajo, organizaciones de control del campesinado, falta de libertad ciudadana, etcétera), mediante una reforma educativa real, que se sustente sobre la metodología y principios de la autogestión académica. 
Sobre esto último hay un material teórico producido por el Comité de Filosofía. Aquí yo di una breve charla a los compañeros de la H y aprovecharé el guión para escribir un pequeño ensayo que nos puede servir para estudiar el problema “a nivel de crujía”, quiere decir, sin libros de consulta y de memoria, pero por lo pronto no tenemos otro camino. Escribo, y ya estoy por terminar, un ensayo breve: “La enajenación de la sociedad contemporánea y el canto del cisne de Lombardo Toledano”. Se trata de un análisis de la última conferencia de VLT -antes  su muerte- sobre los problemas de la juventud. Tengo el problema angustioso de sacar de aquí los originales manuscritos -de los que no hay copia alguna- y me preocupa el riesgo de que puedan perderse, pero ya tomo medidas. En la próxima ocasión tal vez Celia pueda prestarnos alguna ayuda importante al respecto. Ya hablaremos.
Pasa esta carta a los compañeros que juzgues conveniente.
Te quiere y te abraza con el mejor espíritu revolucionario
Revueltas

 

***

 

Debajo de los adoquines se encuentra la lucha
Daniel Bensaïd
Mayo 1998

Nosotros que no habíamos nacido en el 68
Nosotros que no conocemos más que sólo el mundo implacable de la selva neoliberal
Nosotros, los que no tendremos 30 años de edad en el año 2000 ...
también tenemos nuestra pequeña idea de mayo del 68,
no el de las celebraciones mórbidas y ceremonias cadavéricas,
no el funeral grisáceo de las ilusiones perdidas,
no esa de los veteranos nostálgicos adecuadamente unidos a la fría razón «consensual y gerencial» del orden existente; con sus recuerdos tristemente aguijoneados, por sus nostalgias permanentemente proclamadas, de su satisfacción de que por fin «llegaron» - ¡pero en qué estado!
Hay su 68, y hay el nuestro.
Si alguna vez soñaron con cambiar el mundo, su sueño nos interesa más que la renuncia escarmentada de los que renegaron de todo, excepto de su individualidad.
Porque el mundo de hoy no es ni mejor ni más aceptable que el de ayer. De alguna manera (desempleo, desigualdad, exclusión, pobreza), es peor.
Puede ser más difícil de cambiarlo de lo que se imaginó ayer. Pero aún es necesario hacerlo, y sin duda, es más apremiante, antes de que él nos aplaste.
No vamos a soportar, sin hacer nada, la dictadura alarmante de los mercados financieros. Entendimos que el 68 no nació de repente, una mañana de mayo, en una rosa o el cielo. La explosión, la irrupción, el levantamiento estaban anunciados y preparados desde hacía tiempo, en la solidaridad de la juventud con las luchas de las luchas de liberación de los países bajo la opresión colonial; en las acciones de apoyo a las primeras luchas antiburocráticas en Europa del Este; en las huelgas y los disturbios de los jóvenes trabajadores en Caen, Le Mans y Besancon.
No vamos a contentarnos con envejecer rumiando las cenizas de un pasado revolucionario. Queremos preparar nuestros nuevos mayos de 68, inéditos, esos de mañana y pasado mañana, con nuestro compromiso de hoy, codo con codo, con los desempleados, los sin papeles, con las luchas por los derechos de las mujeres, por tener una vivienda, contra el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y contra el odio discriminativo.
Durante treinta años, la sociedad ha evolucionado. Los problemas han cambiado, las luchas y sus actores también. Pero, como hace treinta años, las aspiraciones de las minorías activas pueden despertar a la mayor parte de su pesadilla cotidiana.
Conjugar el 68 con la actualidad es renovar la comunicación con el espíritu de resistencia, de insumisión, de rebeldía, de la que surgirá un mundo solidario, donde el bien público se ponga por enfrente del interés privado, las necesidades humanas antes que la ganancia, el derecho a la existencia antes que la bolsa de valores.
Debajo de los adoquines, se encuentra la playa.
Sobre los adoquines, se encuentran la huelga y las luchas

Mayo de 1998, archivos personales, danielbensaid.org
Publicado por la revue Ballast en mai 2015 (semaine Bensaïd)
Traducción de Sergio Rodríguez Lascano.

De los editores:

Daniel Bensaïd fue un militante destacado del Mayo de Francia de 1968 y fue nuestro camarada. Nos solidarizamos con esta visión que reproducimos, más ahora, que se quiere presentar una visión descafeinada del 68 mexicano. Donde Díaz Ordaz fue inocente, donde el ejército no tuvo nada que ver con la masacre, donde el movimiento tenía como objetivo la libertad de expresión, o donde sólo fue un happening cultural. Efectivamente como escribió Daniel, ese es su 1968.
El nuestro es el de la lucha callejera, el de la lucha por la libertad de los presos políticos, el de la efigie de Ernesto Che Guevara, el del apoyo al pueblo de Vietnam en contra de la invasión yanqui, el de la horizontalidad, el de todos somos el CNH, el de la vigilancia de que se trasmitieran de manera honesta todos los acuerdos de las asambleas, el de las brigadas en las calles.
En México no había adoquines, pero debajo de nuestros píes no está la transición “democrática” sino la lucha por la autonomía y la auto-organización. Ese fue y es nuestro 1968.
Por eso podemos decir: a la chingada su 1968, a la chingada su transición.
La lucha continúa

 

***

 

1968 ¡Vive¡... 2 de octubre, no se olvida.

 

 


En febrero del año 2000, Carlos Montemayor publicó Rehacer la historia, libro de noventa páginas en las que analizó meticulosamente los documentos del archivo personal del general Marcelino García Barragán Secretario de la Defensa Nacional en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Estos documentos los habían publicado tres años antes Julio Scherer y Carlos Monsiváis, en el libro Parte de guerra. Carlos utilizó además treinta documentos que el Gobierno de Estados Unidos había desclasificado dos años antes, y con este material a su disposición demostró la participación del Estado Mayor presidencial en la preparación y ejecución de la masacre del 2 de octubre de 1968. Para entonces habían pasado treinta y dos años y por fin se contaba con una versión objetiva respecto a lo que realmente había ocurrido ese día, se derrumbaban de golpe las mentiras, las acusaciones que Gobierno y prensa mexicana habían difundido desde entonces.
En la primera página del libro, escribió Carlos lo siguiente:
“Muchas de las masacres que los mexicanos conocimos a lo largo del siglo XX fueron perpetradas contra pueblos indígenas, comunidades campesinas o militantes políticos de oposición. La masacre del 2 de octubre de 1968, en el distrito federal, en la Plaza de las Tres Culturas, abatió a jóvenes estudiantes. Ese día, hacia las seis de la tarde, el ejército se propuso disolver un mitin que los estudiantes celebraban después de varios meses de lucha pacífica. Súbitamente, diversos francotiradores apostados en los edificios de la Plaza de Tlatelolco, dispararon contra la multitud y luego contra los soldados que comenzaban a ocupar la plaza. Desde esa tarde, y durante muchos años, las autoridades militares y civiles afirmaron que los francotiradores eran estudiantes.
Sin embargo, los documentos citados por Scherer y Monsiváis comenzaron a ayudar, treinta años después, a rehacer la historia. Según estas revelaciones, no fue sino hasta las 19:45 del 2 de octubre cuando el general Marcelino García Barragán supo que los francotiradores apostados en varios edificios que rodeaban la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco no eran estudiantes, sino oficiales del Estado Mayor Presidencial. Lo supo de manera inesperada y por el conducto más oficial posible: el general Luis Gutiérrez Oropeza mismo, en ese momento jefe del Estado Mayor Presidencial.
A las 19:30 de esa noche el secretario de la Defensa ordenó al general Crisóforo Mazón Pineda registrar los edificios donde había francotiradores. Quince minutos después el general Gutiérrez Oropeza llamó al secretario de la Defensa para explicarle que había apostado en varios departamentos a oficiales del Estado Mayor Presidencial armados con metralletas para apoyar al ejército; como dos de ellos no habían alcanzado a salir, le pidió que los respetaran y que fueran incorporados al Estado Mayor Presidencial”
A partir de esta información Carlos fue acomodando meticulosamente las piezas hasta llegar a la verdad de lo que sucedió esa tarde en la Plaza de las Tres culturas. Vale recordar que desde el mismo día 2 de octubre en la noche, se tejió la gran mentira a través de los medios informativos, no había pasado una hora de la masacre, todavía se respiraba en Tlatelolco el humo de las balas cuando los responsables de los noticieros de la televisión, entre ellos Jacobo Zabludowsky, acusaron a los estudiantes como responsables. En los días y en los años siguientes se repitió una y otra vez que habían sido estudiantes los francotiradores, quienes desde lo alto de los edificios habían disparado contra la multitud.
Carlos demostró que esa versión constituía una más de las tantas mentiras inventadas por el gobierno mexicano, pero también demostró que el presidente Gustavo Díaz Ordaz había ordenado al jefe del estado mayor presidencial que se aprehendiera a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga y que se disparara contra la multitud reunida en la plaza. 
En los diez años siguientes, después de la publicación del libro de Montemayor “Rehacer la historia”, ninguna dependencia, ningún alto funcionario del gobierno, ningún general del Estado mayor presidencial, negaron la versión que construyó Carlos, apoyándose en los documentos del archivo de Marcelino García Barragán y los documentos desclasificados del gobierno de los Estados Unidos. 
En febrero de 2010, Montemayor volvió sobre el tema de la masacre de Tlatelolco, en otro libro con más información que había obtenidos de los archivos del gobierno de los Estados Unidos. A este nuevo libro lo tituló: “La violencia de Estado en México, antes y después de 1968”, donde propuso la existencia de una lógica en las acciones represivas del Estado mexicano durante toda la segunda mitad del siglo XX, demostrando que esa lógica tuvo su máxima expresión durante el movimiento de 1968, acontecimiento que ubica como el eje sobre el cual hace girar todo el análisis de este tema, extendiéndose a otros movimientos sociales donde el gobierno había utilizado la violencia como única respuesta a las justas demandas populares:
–La masacre del 7 de julio de 1952, en la Alameda, contra el contingente de henriquistas que protestaban contra el fraude electoral en favor de Ruiz Cortines. 
–De los copreros en Atoyac, Guerrero el 18 de mayo de 1967. 
–La del 10 de junio de 1971 en las inmediaciones del Casco de Santo Tomás del IPN. 
–La de Aguas Blancas, estado de Guerrero, el 28 de junio de 1995. 
–La de Acteal en los Altos del estado de Chiapas el 22 de diciembre de 1997.
Como ningún otro intelectual mexicano, Carlos puso en juego su inteligencia y enorme capacidad de análisis para descubrirle a la sociedad las claves más oscuras de un gobierno de dos caras, que por una parte se autoproclamaba revolucionario, pero que por otra parte, cuando no le resultaba la demagogia y la simulación, aplicaba despiadadamente el “mátalos en caliente”, signo emblemático de la dictadura porfiriana. Pero sus aportaciones no se circunscriben al análisis de la violencia del estado mexicano en los hechos mencionados, años antes había publicado su novela La guerra en el paraíso, dedicada al movimiento guerrillero de Lucio Cabañas en el estado de Guerrero. Carlos se comprometió también, como investigador, elaborando un análisis profundo del levantamiento armado de 1994 en Chiapas; en este sentido tuvo el mérito de ser el primer articulista de La Jornada que fijó posición sobre el levantamiento del EZLN. 
Durante los últimos diez años de su vida abordó también el tema de la guerrilla en el estado de Chihuahua, produciendo dos libros fundamentales para entender el levantamiento armado de la década de los años sesentas: Las armas del alba (2003) y Las mujeres del alba (2010). Él mismo explicó en las páginas del libro La violencia de Estado, que le había tocado ser testigo del movimiento agrario que recorría de sur a norte el estado de Chihuahua, expresándose en mítines, caravanas y tomas de tierras, y reflexionaba que, no obstante haber rebasado la mayoría de edad, la revolución de 1910 no le había cumplido a los campesinos que se encontraban igual que antes, esperando inútilmente que se les hiciera justicia. Señalaba que el latifundismo porfiriano había cambiado de nombres y de formas, que los nuevos propietarios habían recibido garantía jurídica definitiva con la Ley de Inafectabilidades Ganaderas impulsada por el gobierno federal y en particular por los afanes del abogado Óscar Flores. Que a pesar de que el gobierno federal los ignoraba y enredaba en el burocratismo, los grupos de campesinos solicitantes de tierra se mantenían en los estrechos márgenes de la legalidad, recurriendo a la movilización pacífica como forma de presión y de gestión, pero eso no podía durar mucho tiempo. Y concluía que con toda razón algunos jóvenes, con Arturo Gámiz como líder, se habían convencido de que no había solución por la vía legal y la buscaron en otro tipo de acciones.
¿Por qué se comprometió el intelectual con la verdad? ¿Por qué decidió escribir sobre las guerrillas de Lucio Cabañas, el EZLN y el Grupo Popular Guerrillero encabezado por Arturo Gámiz? Carlos Montemayor platicaba que en septiembre de 1965, cuando empezaba la carrera de Derecho en la UNAM, había visto en los pasillos de la Facultad un periódico mural con las notas informativas y varias fotografías del asalto al cuartel de Ciudad Madera. Entre los guerrilleros caídos identificó al profesor Arturo Gámiz y al doctor Pablo Gómez, a quienes había conocido dos años antes, cuando era estudiante de la Universidad de Chihuahua. Le indignó que la prensa los presentara como delincuentes gatilleros, porque él conocía su honestidad y su generosidad. Le indignó que se desvirtuara brutalmente la causa de los jóvenes guerrilleros y se aplastara la dignidad de aquellos hombres de grandes ideales. Allí mismo, ante aquellas imágenes del periódico mural se hizo una promesa de juventud: revelar algún un día las causas de aquella lucha y mostrar quiénes eran verdaderamente aquellos jóvenes.
En septiembre de 1968, cuando estaba a punto de concluir la carrera en la UNAM sufrió la noticia de los fusilamientos de Óscar González Eguiarte y sus compañeros guerrilleros en Tesopaco. Óscar había sido su amigo y esa relación le había marcado para toda la vida.
La violencia de Estado en México, antes y después de 1968, representa la culminación, la suma de un proceso de reflexión derivado del compromiso intelectual que primero que había asumido antes en los libros citados: La guerra en el paraíso; Las armas del Alba, La Fuga y Las mujeres del alba.
La primera edición del libro La violencia de Estado... se publicó en febrero del años 2010, la editorial usó como diseño de la portada el dibujo aumentado de un nudo de alambre de púas que simboliza las bayonetas de los rifles dirigidas contra el pueblo. 
El libro empezó a circular poco después de la muerte de Carlos y, seguramente la edición se agotó porque dos meses después, en abril de ese año, se hizo la primera reimpresión, pero extrañamente el libro ya no apareció en las librerías. Han transcurrido ocho años desde su publicación, sin embargo no se acaba de valorar cabalmente las claves que aporta esta obra, tal vez porque la verdad a veces nos duele tanto que nos cuesta mucho trabajo hacerla nuestra, pero también puede pensarse que el libro fue censurado. 
En este contexto, al cumplirse los cincuenta años, un grupo de personas que habían sido brigadistas del Politécnico durante la huelga estudiantil tomó la iniciativa para publicar la parte del libro de Carlos Montemayor en que se analiza la responsabilidad del presidente y de sus Estado Mayor Presidencial en los acontecimientos de la Plaza de las Tres Culturas, el libro se titula “Díaz Ordaz y la masacre del 2 de octubre”, uno de los grandes secretos del gobierno mexicano (Jesús Vargas)*

* Jesús Vargas es historiador de la Universidad ­Autónoma de Ciudad Juárez, fue dirigente del Comité de Lucha de la ENCB-IPN y su representante ante el CNH en 1968. 
Publicado originalmente en La Fragua de los tiempos, 30 de septiembre de 2018. No.1268

Pasajes de la Revolución Soviética El tren que construyó la victoria

Pasajes de la Revolución Soviética
El tren que construyó la victoria

 

León Trotsky*
(fragmentos)

Justo es que digamos algo acerca del célebre «tren del Presidente del Consejo revolucionario de Guerra». Con la vida de este tren hubo de asociarse inseparablemente la mía personal durante los años críticos de la revolución. El tren unía al frente con el interior del país, decidía sobre el terreno las cuestiones inaplazables, aclaraba, daba ánimos, aprovisionaba, repartía castigos y recompensas.
(...)
Dos años y medio pasé, con breves intervalos de tiempo, en aquél vagón de ferrocarril, construido para un Ministro de Fomento. Era un vagón magníficamente equipado para el confort de un ministro, pero poco cómodo para trabajar. Aquí era donde recibía en ruta a todos los que venían a traerme informes, donde me reunía a deliberar con las autoridades civiles y militares de las localidades por donde pasaba, donde ordenaba los comunicados telegráficos y dictaba las órdenes del día y los artículos para los periódicos. De este vagón partía con mis auxiliares a recorrer en automóvil la línea del frente, en excursiones que duraban varios días. En los ratos libres, me dedicaba a dictar, siempre en el vagón, el libro que estaba escribiendo contra Kautsky (Terrorismo y Comunismo) y otra serie de trabajos. Durante aquellos años, me acostumbré, y creo que ya para siempre, a trabajar y a pensar al ritmo de los muelles y las ruedas del «pullman».
Este tren lo habíamos formado en Moscú a toda prisa durante la noche del 7 al 8 de agosto de 1918. A la mañana siguiente, monté en él camino de Sviask, en el frente checoeslovaco. Poco a poco, y con el tiempo, el tren fué transformándose, completándose y perfeccionándose. Ya en 1918, albergaba a todo un organismo administrativo circulante. El tren llevaba una organización de secretaría, una imprenta, una estación telegráfica, un centro radiotelegráfico y otro eléctrico, una biblioteca, un garaje y una instalación de baños.
Era tan pesado, que necesitaba, para arrastrarlo, dos locomotoras. Más tarde, hubimos de desdoblarlo. Si las circunstancias del caso exigían, que nos detuviésemos por algún tiempo en un lugar del frente, una de las locomotoras hacía oficio de correo. La otra estaba siempre con las calderas encendidas. Aquel era un frente movible, y con él no había juegos.
(...)
¿Y qué buscaba el “tren del Presidente del Consejo revolucionario de Guerra” en los frentes de la guerra civil? La contestación, en términos generales, no es difícil: buscaba la victoria. Pero, ¿qué era lo que llevaba a los frentes? ¿Y con arreglo a qué métodos trabajaba? ¿Qué fines inmediatos perseguían sus viajes interminables, de una punta a otra del país? Aquellos no eran simples viajes de inspección. No; la labor del tren estaba íntimamente compenetrada con la organización del ejército, con su educación y disciplina, con su administración y aprovisionamiento. Estábamos poniendo en pie de guerra, bajo el fuego del enemigo, un ejército completamente nuevo. Así en Sviask, donde el tren vivió el primer mes de su historia, y así en los demás frentes. Echando mano de los paisanos armados, de los fugitivos que abandonaban el campo ante las tropas blancas, de los campesinos movilizados en varias leguas a la redonda, de los destacamentos de obreros que nos mandaban los centros industriales, de los grupos comunistas y de los especialistas militares, íbamos levantando sobre el terreno, en el mismo frente, compañías, batallones, regimientos de refresco y a veces hasta divisiones enteras. Después de muchas derrotas y retiradas, aquella masa por el pánico, fué convirtiéndose, a la vuelta en un ejército apto para la lucha. ¿Qué hizo falta, para conseguirlo? Poco y mucho. Buenos jefes, como unas cuantas docenas de expertos luchadores, diez o doce, comunistas dispuestos a sacrificarse, conseguir botas para los descalzos, organizar una instalación de baños, llevar a cabo una enérgica campaña de agitación, aprovisionar a las tropas de víveres, de ropa, de tabaco y de cerillas. Todo esto era de la incumbencia del tren. El tren tenía siempre en la reserva unos cuantos comunistas serios, para llenar con ellos los vacíos; dos o trescientos bravos luchadores, un pequeño almacén de botas, de zamarras de cuero, de medicinas, de ametralladoras, gemelos de campaña, mapas y todo género de regalos, tales como relojes y otros objetos por el estilo. Claro está que las existencias materiales de que disponía el convoy eran insignificantes, si se las comparaba con las necesidades del ejército. Pero las estábamos renovando constantemente. Y, sobre todo, las hacíamos desempeñar docenas y cientos de veces el papel de esa paletada de carbón que hace falta echar al fogón en el momento preciso, para que la caldera no se apague. En el tren funcionaba un aparato de telégrafo, por el que podíamos comunicar directamente con Moscú, y por él estábamos encargando constantemente a Sklianski, mi sustituto en el departamento de Guerra, los objetos más necesarios para el ejército, a veces con destino a una división entera y otras veces para un solo regimiento. Los encargos eran ejecutados con una rapidez en la que no hubiera podido pensarse sin mi intervención. De sobra sé que este método no podía calificarse, ni mucho menos, de idea.. Los pedantes podrán decir que lo que importa, lo mismo en el régimen de avituallamiento que en todos los demás aspectos de la guerra, es el lado sistemático. Y es verdad. Yo mismo propendo, con harta frecuencia, a pecar de pedantería. Pero el hecho era que no nos resignábamos a perecer antes de que pudiéramos poner en pie y echar a andar un buen sistema. He aquí por qué nos veíamos obligados, sobre todo en la primera época, a suplir este sistema, que no teníamos, por medio de improvisaciones, para luego poder cimentar sobre éstas el sistema.
En todos mis viajes me acompañaban personas laboriosas y competentes en los diferentes ramos administrativos del ejército, y principalmente en el de aprovisionamiento de las tropas. Habíamos heredado del antiguo ejército la organización de la intendencia. Los intendentes intentaron seguir trabajando con los viejos métodos, y aun peor, pues las condiciones de ahora eran inmensamente más difíciles. Durante estos viajes, muchos viejos especialistas hubieron de desmontar y volver a construir hasta los cimientos los procedimientos aprendidos, y los jóvenes pudieron aprender sobre el ejemplo viviente los que aún no tenían. Después de recorrer toda una división y comprobar sobre el terreno sus faltas y sus flacos, convocaba en el cuartel general o en el chocle-restaurant del tren un consejo integrado por el mayor número posible de personas y del que formaban parte representantes de las clases de mando y de los soldados rasos del ejército, rojo, y, además, delegados de las organizaciones locales del partido y de los organismos soviéticos y sindicales. De este modo, iba formándome una idea exacta de la situación, sin afeites ni disfraces. Además, estos consejos daban siempre un resultado práctico inmediato. Por Pobres que fuesen los organismos del poder local, disponían siempre de la posibilidad de sacrificarse en algo para contribuir con lo que podían al sostenimiento del ejército. Los sacrificios mayores los hacían los comunistas. De todas las organizaciones sacábamos como una docena de obreros, que se enganchaban inmediatamente a una brigada móvil. Aparte de esto, nunca faltaban algunas reservas de telas para camisas y calzoncillos, de cuero para las suelas del calzado o un quintal sobrante de grasa. Sin embargo, como es natural, estos recursos locales no bastaban. Terminado el consejo, circulaba a Moscú, por el hilo directo, los encargos que me parecían necesarios, ateniéndome a las posibilidades de que disponía la propia capital, y el resultado de todo era que la división se encontrase rápidamente con sus necesidades más apremiantes satisfechas. Los jefes y comisarios del frente aprendían prácticamente del tren y de su labor; aprendían mando, disciplina, aprovisionamiento, justicia, pero no con lecciones administrativas profesadas desde lo alto, desde las cumbres de un estado mayor, sino de abajo a arriba, de la compañía, del tren, de los reclutas más jóvenes e inexpertos.
Poco a poco, iba formándose un aparato, más o menos perfecto, en su funcionamiento, en el que se centralizaba el avituallamiento del ejército en todos sus frentes. Claro está que este aparato no lo hacía todo ni hubiera podido hacerlo aunque quisiera. No hay organización, por perfecta que sea, que no se halle sujeta a trastornos durante una guerra, sobre todo en una guerra móvil que ha de estar maniobrando constantemente, y muchas veces en direcciones completamente insospechadas. No se olvide que la República de los Soviets estaba sosteniendo una guerra, desprovista en absoluto de reservas. Los almacenes centrales estaban ya vacíos en el año 1919. Las camisas iban directamente de manos de la costurera a manos del soldado. Y de lo que peor andábamos era de armamento y de municiones, Las fábricas de Tula trabajaban a veinticuatro horas vista. Sin la firma del Comandante general era imposible disponer de un solo vagón de municiones. El aprovisionamiento de municiones y fusiles estaba constantemente en tensión, como una cuerda tirante. De vez en cuando, esta cuerda se rompía y perdíamos gente y terreno.
Para nosotros, aquella guerra hubiera sido de todo punto inconcebible sin acudir constantemente y en todos los terrenos a improvisaciones y más improvisaciones. Nuestro tren era el autor de estas improvisaciones, a la vez que su regulador. Cuando dábamos al frente y a la comarca más próxima que quedaba a sus espaldas una iniciativa o el impulso para que ellos la tomasen, teníamos que velar al mismo tiempo por que esta iniciativa se plegase gradualmente a los canales por los que discurría nuestro sistema de organización. No diré que lo consiguiésemos siempre, pero el término de la guerra civil se encargó de demostrar que habíamos conseguido lo más importante: la victoria.
Los viajes más importantes eran los que emprendíamos a aquellos sectores del frente en que una traición del mando causaba, a veces, verdaderas catástrofes. El día 23 de agosto de 1918, cuando se estaban librando las jornadas más críticas en torno a Kazán, recibí un telegrama cifrado de Lenin y de Sverdlof, concebido en los términos siguientes:
«Sviask. Trotsky. La traición del frente de Saratof, aunque descubierta a tiempo, ha producido consecuencias desastrosas. Creemos absolutamente necesaria su presencia allí, pues entendemos que ha de influir en la moral de los soldados y del ejército todo. Asimismo desearíamos concertar una visita a los demás frentes. Conteste y determine día de partida, todo por la cifra n.º 80. 22 agosto 1918. Lenin, Sverdlof.»
Parecióme que no debía salir en modo alguno de Sviask; mi marcha podía ser fatal para el frente de Kazán, que estaba atravesando en aquellos momentos por horas muy críticas. Kazán era más importante para nosotros, por todos conceptos, que Saratof. Pronto Lenin y Sverdlof hubieron de comprenderlo también así. No salí para Saratof hasta que nuestras tropas no entraron en Kazán. Telegramas como éste se estaban recibiendo constantemente en el tren, durante la época siguiente. Kief y Wiatka, Siberia y la Crimea, se lamentaban de su difícil situación y pedían, a la vez y sucesivamente, que el tren acudiese en su socorro.
La guerra se estaba desarrollando en los puntos más alejados del país, y muchas veces se concentraba en los rincones más remotos de aquel frente, que tenía más de ocho mil kilómetros de largo. Había regimientos y divisiones que se pasaban varios meses completamente aislados del mundo, y era natural que de aquellos hombres se apoderase el desaliento. Muchas veces, el material telefónico de que se disponía no bastaba para mantener indemnes las comunicaciones. En estas condiciones, el tren tenía que parecerles un mensajero venido del otro mundo. Llevábamos siempre con nosotros una buena reserva de aparatos telefónicos y de alambres para el tendido. En un vagón especial habíamos instalado una antena por la que captábamos en ruta los radiogramas de la torre Eiffel, de Nauen y de trece estaciones en total, contando entre ellas, naturalmente, la de Moscú. El tren estaba orientado siempre acerca de lo que ocurría en el mundo. Las noticias más importantes se reproducían en el periódico de ruta y eran comentadas por medio de artículos, de manifiestos y órdenes del día a las tropas. La intentona de Kapp, las conspiraciones interiores, las elecciones inglesas, el estado de la cosecha, las gestas heroicas del fascismo italiano: A todo lo que ocurría en el mundo le seguíamos la pista al día, y todo lo interpretábamos y relacionábamos con las vicisitudes que ocurrían en los frentes de Astrakán o Arcángel. Nuestros artículos transmitíanse también a Moscú por el hilo directo, y desde aquí, por radio, a todos los periódicos de Rusia. El tren ponía en comunicación al destacamento más apartado de nuestras tropas con la vida del país y del mundo entero. De este modo, disipábanse los rumores depresivos y se fortificaba la moral del ejército. íbamos cargando las pilas morales, como si dijésemos, y la carga duraba unas cuantas semanas, y a veces, hasta que volvía a pasar por allí el tren. En los intervalos, los delegados del Consejo revolucionario de guerra del frente o del ejército organizaban algún que otro viaje, siguiendo los mismos métodos aunque en una escala más modesta.
(...)
En el momento en que nos disponíamos a lanzarnos al ataque contra Wrangel, que había plantado sus reales en la Crimea, el día 27 de octubre de 1920, el periódico de ruta publicaba las siguientes líneas mías:
«Nuestro tren vuelve a poner proa al frente.
(...)
«La gran familia de camaradas de nuestro tren se dispone a entrar en una nueva campaña. ¡Ojalá sea la última!»
En efecto, la campaña de la Crimea fué la última de la guerra civil. A los pocos meses, pudimos licenciar el célebre tren. Desde aquí envío un saludo fraternal a todos los que desde él lucharon a mi lado

* León Trotsky. Mi Vida, «El Tren», versión digital completa en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1930s/mivida/35.htm

Aguas con la 4ta

Aguas con la 4ta

Pero ¿cómo?, ¿ahora hasta de automóviles?, lo que es no tener nada sobre que escribir; pero esperen y verán, no todo es tan como parece, lo evidente no lo es tanto.
El Tres-OT (así se les decía a esos cochecitos y saber por qué) es un animal raro, lo era incluso antes, cuando estaban de moda, entre la segunda mitad de los sesenta y primera de los setenta quien no tenía para comprarse nada mejor tenía que optar por el Renault 4; era un auto útil aunque tramposo, en principio era un automovil disfrazado de camioneta; era también mañoso, por fuera todos lucían igual pero hay de iguales a iguales. En la versión más económica (costaba apenas algo más que una buena moto de 125cc) todos sus “herrajes” (manivelas, palancas, botones) eran de plástico y los asientos estaban forrados de vinilo corriente; en la versión de “lujo” los herrajes eran metálicos y los asientos eran de tela.
En fin, que de cualquier manera, de eso a nada, pues menos peor era eso; las dos versiones eran económicas, de los autos que circulaban en México era el que menos combustible gastaba. Recuerde quien lea esto: parecía camioneta pero era sólo un 4 cilindros.
Tenía otras ventajas, apenas estaban entrando a nuestro país los vochitos y eran importados, mientras que los R4 se armaban en el país; la Fiat, antes preferida con sus F1100 y F1500, estaba en vías de regresar su armadora a Italia y se iría poco después, así que el R4 acaparó ese “nicho de mercado” (algo así como ahora las motos Italika, por el precio, la diferencia es que no eran desechables como sí lo son las motos que vende el patrón de Esteban Moctezuma).
El caso es que era versátil, se le podía adaptar prácticamente cualquier chasis y se convirtió en el auto-camioneta favorito de los pequeños negocios... y era una marca distintiva del “partido invencible”; a sus “operadores” más rascuaches los dotaban de esas “camionetas” (después les darían vochos y, ya a finales de los ochenta, serían los shadows); si en una colonia popular o en una fábrica de pronto el líder aparecía manejando uno de esos ya se sabía que le habían llegado al precio... y que se había jodido el asunto.
Mecánicamente no tenía peros; salvo por la novedad de la palanca de velocidades, la gente estaba acostumbrada a la palanca al volante o, en su defecto, al piso; pero los R4 la traían en el tablero.
Y no era ese, ni fue, su principal problema, el caso es que el R4 tenía sólo 3 velocidades. Quienes saben de mecánica dicen que no hay nada malo en particular con las tres velocidades. Es más simple y más barato de producir que uno de cuatro velocidades. Siendo más simple de fabricar es más difícil que las partes se estropeen; no desarrolla la potencia y velocidad que uno de 4, pero si lo querían sólo para ciudad ese no era problema en ese entonces (y ahora menos, con dificultad llega uno a poder meter la tercera en los embotellamientos que se forman en todas las grandes urbes).
El caso es que, con todo y sus ventajas (precio, economía de combustible, versatilidad, tamaño... vamos, hasta simpático se veía el cochecito), no era un auto muy apreciado entre los “particulares”, era como vestir de “casimir” de las tiendas Milano, con zapatos del Taconazo Popis, colonia lavanda de Sanborns y/o maquillaje de Avón llama.... la pura finta pues.
Así que el R4 se quedó, al final, sólo como “instrumento de trabajo” de los pequeños negocios y “símbolo de estatus” de quienes iniciaban el ascenso en la escala de “La Revolución que empieza a hacerles justicia”.
Era, por decirlo en términos políticos, un “coche modelo PRI”; parecía que hacía y era todo: parecía camioneta si eso queria que pareciera, o coche; parecía que un R4 era igual a otro R4 pero, había unos “más iguales que otros”. los aditamentos hacían y marcaban, al menos para el propietario, la diferencia.
Y funcionó hasta que entró “la competencia”; había que parecer otra cosa para seguir siendo lo mismo.
Hoy en día casi no se ven y es que, por mucho que les dijeran que era sólo un Tres-OT, los “orgullosos” poseedores tercos en meter la 4ta... ponían la reversa... y, obvio, el R4 tronaba; hoy son sólo carcachas que ni para el deshuesadero (Héctor R. de la Vega)

El PRI los hizo y... bueno

Muñoz Ledo

Porfirio Muñoz Ledo le entregará en diciembre la banda presidencial a Andrés Manuel López Obrador. Muñoz Ledo es nuestro Fouché mexicano. El típico saltimbanqui que siempre sale en las fotos. Un hombre de poder que ha justificado lo peor y ha hecho lo peor. Por eso está muy bien que él sea quien ponga la banda presidencial a un hombre que entró al PRI, después de la masacre del 2 de octubre, después de la masacre del 10 de junio, después de la guerra sucia. Y, todavía le compuso su himno al PRI en Tabasco. Están cortados por la misma tijera.
En 1969, “don” Porfirio se encargó de contestar el informe de Díaz Ordaz, en una larga parrafada, llena de alabanzas al PRI y al sátrapa, dijo lo siguiente:
“Se trata de un documento ideológico (…) porque establece una relación consecuente entre los principios, la realidad y los actos de gobierno. Lejos por igual del lugar común, de la retórica fácil o de la estimulante y encubridora utopía, que nada esclarecen y a nada conducen.”
“Con la más estricta objetividad podemos afirmar que los conflictos sociales que tuvieron lugar en México, y que llegaron a poner en peligro la paz pública, no dejaron como saldo el más mínimo incremento de poder de influencia a favor de quienes se oponen a la transformación acelerada y a la autonomía del país.”
“Entre estas instituciones guarda un papel prominente el Partido Revolucionario Institucional, cuyos principios y programa de acción están ordenados precisamente según el pensamiento que hoy confirma, esclarece y afianza con actos el más distinguido de sus miembros: Gustavo Díaz Ordaz”.
“Como miembro de este partido y como mexicano que confía honestamente en el destino de la nueva generación, nada me ha conmovido más hondamente en el texto del V Informe que el valor moral y la lucidez histórica con que el Presidente de México reitera su confianza en la limpieza de ánimo y en la pasión de justicia de los jóvenes mexicanos’”.
Ahora, promueve que se ponga con letras doradas 1968 en las paredes de la cámara de diputados. Estos son los actores principales de la “Cuarta Transformación de México”. A saber: Partido Nacional Revolucionario, Partido de la Revolución Mexicana. Partido Revolucionario Institucional. Movimiento de Regeneración Nacional

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